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«Yo le recito al amor y al dolor»: Elsa Onella Rico

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La Visita de Violeta Stéreo con la poetisa gitana

Desde pequeña aprendió a sufrir y  casi al tiempo a escribir poesía. Apenas tenía siete años cumplidos cuando el sarampión por poco la mata.

«Fue la primera vez que sentí de cerca la muerte, pero le gané la batalla», dice en tono victorioso Elsa Ornella Rico Tibamoso, una mujer poetisa que heredó de su madre gitana «la pasión» por no estarse quieta en ninguna parte.

Ella no puede olvidar los meses que permaneció postrada en una cama, mientras su cuerpo se iba deteriorando por dentro. » La gente tenía que ponerse tapabocas para acercarse a mí porque mi humor corporal era feo: olía amortesino», recuerda.

Pero también recuerda que ese túnel de la muerte le permitió descubrir su encanto y habilidad por la poesía. Fue cuando le escribió un poema a su padre, quien al escucharlo lloró como un niño mientras se secaba las lágrimas y le repetía una y otra vez: «tú eres poetisa, tienes creación, pero vas a ser inmortal cuando te mueras porque los poetas en vida nadie los valora».

Y se quedó poetisa. Se casó con un italiano, pero pudo más su amor por la poesía que el trato del padre de sus hijos y un día abrieron cobijas y cada uno cogió por mundos diferentes. «Yo me quedé con mis seis hijos y nunca más les volví a poner un papá», dice con una sonrisa de ternura al tiempo que acaricia a José, uno de sus hijos, quien hace cinco años fue apuñalado por un delincuente en Bucaramanga y quedó lisiado y sin poder trabajar.

«Pero más que la incapacidad en que quedó mi hijo por culpa de las puñaladas, me duele la incapacidad del Estado para tratarlo como un ciudadano que merece la atención médica a que tiene derecho», recalca con tono enérgico.

Recita en las iglesias

Elsa Onella Rico, poetisa y Wilson Durán Durán, en La Visita ( Las Chivas del Llano )

Elsa Onella Rico, poetisa y Wilson Durán Durán, en La Visita ( Las Chivas del Llano )

Elsa Ornella carga en su memoria y en su bolso un puñado de poemas que ha escrito durante muchos años. «Ellos son mi trabajo, ellos me dan de comer y por eso los quiero». Se refiere a los sonetos y poesías que recita todos los domingos en las iglesias donde los curas le dan permiso para hacer sus presentaciones.

Entre semana vela por su hijo enfermo y los fines de semana se va en busca del pan y del pago del arriendo. «Y entre moneda y moneda, y billete y billete, consigo para mis gastos. A Dios gracias reuno en tres domingos lo de pagar la renta y con lo que gano otro día, hago el mercadito y compro las medicinas para mi muchacho», me cuenta entre sonrisas al recordar que hay quienes le dan cinco mil o dos mil pesos por el recital.

Y entonces, toma aire, respira y comienza un recital de amor y dolor para ilustrar esta visita.

 

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