La Noche de los Museos me llevó hasta Belencito, en Nobsa, al corazón de una historia que no solo se cuenta con palabras, sino también con hierro, minerales, fósiles, fotografías, máquinas, recuerdos y voces de la gente.
Llegué al Museo Siderúrgico de Colombia, de Acerías Paz del Río, como quien entra a un lugar donde el tiempo parece detenido, pero termina encontrando una memoria viva. Allí, entre pasillos cargados de identidad industrial y visitantes curiosos, se vivió una jornada especial que reunió cultura, ciencia, emprendimiento y comunidad.
No fue una noche cualquiera. Fue una de esas visitas donde uno entiende que los museos no son bodegas del pasado, sino puertas abiertas para descubrir quiénes fuimos, qué hemos construido y qué historias siguen esperando ser contadas.
Durante el recorrido, familias, jóvenes, niños y adultos caminaron por los espacios del museo, observaron las exposiciones, conversaron con los guías y se dejaron sorprender por una agenda que integró historia, patrimonio y saberes del territorio.
Uno de los protagonistas de la jornada fue Diego García, coordinador de la fundación, quien explicó la importancia de abrir estos espacios a la comunidad. La Noche de los Museos, más que un evento cultural, se convirtió en una invitación a volver la mirada sobre lo propio: sobre la memoria obrera de Acerías Paz del Río, la riqueza patrimonial de Boyacá y la necesidad de que las nuevas generaciones conozcan estos escenarios.
Pero la noche también tuvo rostro de emprendimiento. En medio del recorrido aparecieron productos, sabores, artesanías y propuestas locales que le dieron calor humano al evento. Dos emprendedores compartieron sus experiencias y recordaron que la cultura también se mueve desde las manos de quienes crean, transforman y trabajan con amor por su territorio.
Los visitantes, por su parte, fueron pieza fundamental de esta crónica. Algunos llegaron por primera vez; otros regresaron con la emoción de reencontrarse con una historia conocida. Para muchos, el museo fue una sorpresa: un lugar cercano, valioso y lleno de detalles que merecen ser vistos con más frecuencia.
Uno de los momentos más llamativos fue la explicación del geólogo Ítalo Reyes, quien habló sobre dos descubrimientos que despertaron la curiosidad de los asistentes. Se trata de hallazgos asociados a fauna prehistórica, entre ellos restos de un Notiomastodón y un cérvido, piezas que permiten asomarse a un pasado remoto del territorio boyacense.
Estos descubrimientos no son simples restos antiguos. Son señales de una historia profunda que está bajo nuestros pies. Hablan de otros paisajes, de otros tiempos y de una vida que existió mucho antes de que las fábricas, los pueblos y los caminos marcaran esta región.
Así, entre ciencia y memoria, la Noche de los Museos en Belencito dejó una enseñanza sencilla pero poderosa: la historia no está muerta. La historia respira en los objetos, en los oficios, en las voces de quienes investigan, en los emprendedores que mantienen viva la identidad y en las familias que todavía se dejan sorprender.
Me fui al Museo Siderúrgico de Colombia como visitante, pero salí como testigo de una noche donde Belencito volvió a contar su historia. Una historia hecha de acero, tierra, trabajo, fósiles y comunidad.
Porque los museos no son lugares para mirar de lejos. Son espacios para encontrarnos con lo que somos.
🎥 Vea la crónica completa aquí:
Wilson Durán, El Visitante.






