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La ‘tragedia’ de encontrar petróleo: un artículo de Salud Hernández

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Hace tres años la periodista colombo-española se acompañó de Rodrigo Roa y vivió una travesía por Casanare donde conoció la triste historia de la extracción petrolera.

  • Un ingeniero denuncia destrucción medioambiental en una región de Colombia
  • Dice que las compañías pagan a las autoridades para que miren a otro lado
  • Los vertidos van directos al río y están reduciendo el oxígeno en agua
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Salud Hernández-Mora | Maní (Casanare)

Salud Hernández-Mora, periodista

Salud Hernández-Mora, periodista

Se dedicaron durante años a barrer la basura bajo la alfombra. Y el truco ya no da más de sí. Los ríos se secan y las tierras pierden su verdor. De seguir la tendencia, y todo indica que no sólo continuará sino que irá a peor, Casanare verá desaparecer su variada fauna silvestre y una riqueza hídrica más valiosa que el oro negro que extraen de sus entrañas.

Las petroleras llevan varios lustros «haciendo lo que se les da la gana», afirma Rodrigo Roa Pineda, un ingeniero ambientalista que defiende con un ánimo inquebrantable y sin apenas medios su región natal. Hace unos meses creó la -Veeduría Ciudadana Ambiental-, con la misión casi imposible de proteger la Naturaleza de sus incontables depredadores.

En Casanare, Departamento de los Llanos Orientales, son diversos los factores que hicieron que el caudal de varios de sus principales ríos descendiera casi el 50%, entre ellos la irracional explotación petrolera, según un estudio que realizó Roa desde el año 2002.

Además, los vertidos casi directos de contaminantes que hacen las compañías, con unos filtros y controles irrisorios, están disminuyendo el oxígeno disuelto de esos cuerpos de agua. «Nunca pusieron en marcha proyectos apropiados que amortigüen de verdad la contaminación y recupere los recursos naturales renovables», indica.

Pero no solo resulta preocupante una reducción en sus caudales que salta a la vista cada vez que se cruza un río, sino lo que ocurre con las aguas subterráneas, debido a que a diario esas mismas empresas inyectan cientos de toneladas de líquidos tóxicos en las profundidades de la tierra.

En uno de los lugares que ELMUNDO.es visitó con Roa, en la vereda Miralindo, camino de Orocué, Casanare, se pueden ver cómo las aguas industriales contaminadas de una de las plantas, terminan en el caño Duya, afluente del Meta, entre los resguardos indígenas San Juanito y Parabare.

«Casanare era uno de los dos Departamentos más ricos en fuentes hídricas, Colombia a nivel mundial ocupaba el puesto cuarto hace 20 años. Hoy está en el 24, bajando un lugar por año», señala Rodrigo Roa. Hay que tener en cuenta, que «por cada tonelada de petróleo, se necesitan 180 toneladas de agua para extraerlo, que son las que llevan las tractomulas a las plantas».

Rodrigo Roa, ambientalista

Rodrigo Roa, ambientalista

En una de ellas, el Punto de Inyección del Pozo Dorotea, del poblado centro Gaitán, Municipio Paz de Ariporo, introducen cada día unos 630.000 litros de agua mezclada con aceites y ácidos a cerca de dos kilómetros de profundidad.

En los lugares donde no hay inyección sino vertederos todo el mundo mira para el otro lado, incluida la principal autoridad ambiental, Corporinoquia, por lo que nada obliga a las petroleras a modificar el sistema. Y cuentan con una ventaja adicional para seguir contaminando sin freno.

Llegar a muchos de esos lugares, a fin de comprobar cómo realizan los vertidos, requiere recorrer durante horas caminos sin asfaltar, polvorientos, que cruzan interminables llanuras salpicadas por islotes de bosques, llamados mata de montes. Apenas hay caseríos, sólo infinidad de camiones cisternas cargados de agua y crudo.

Tomadura de pelo

En dirección opuesta a Orocué, en Maní, a sólo una hora de la capital Yopal, por carretera asfaltada pero en malas condiciones, la situación no cambia. «El gobierno pretende cerrar el déficit fiscal acabando con el ecosistema y es un crimen de lesa humanidad secar las fuentes hídricas», se queja el profesor Giraldo Carreño, que lleva varios lustros luchando a brazo partido por la Naturaleza en su pueblo, un municipio de 3.800 kilómetros cuadrados y más de veinte mil almas.

«Sólo en Maní, con las nuevas licencias, se van a hacer 34 plataformas, mínimo 34 pozos, 34 inyecciones y 34 vertimentos de residuos», advierte preocupado. El petróleo llegó a Maní hace más de dos décadas y durante mucho tiempo cada empresa hizo lo que quiso sin restricción alguna.

Gracias a la persistencia de Carreño y la conformación de grupos de presión ciudadana, a las petroleras no les quedó más remedio que escucharlos para paliar los graves daños que les estaban causando.Pero son victorias nimias, porque el grueso del problema sigue vivo.

A pocos minutos del casco urbano encontramos una de las tantas plantas casi artesanales de tratamiento de las aguas tóxicas antes de que lleguen al río Charte. «Antes era cristalino, había morocotas, pescado bueno, y ahora no puede beber ni el ganado. El cauce ha disminuido el 50 por ciento y hay manchones de petróleo», explica Roa.

Los filtros que vemos en varios estanques por donde pasan las aguas antes de terminar en el río son precarios: apenas unos pequeños bloques de heno para mitigar el olor y los aceites. «¿Eso es una planta de tratamiento de residuos?», pregunta ELMUNDO.es. «Es una tomadura de pelo», responde Carreño, sorprendido porque la compañía había prometido semanas atrás sellar ese lugar y es evidente que les han engañado.

Las exigencias medioambientales para las compañías son muy flexibles, reconoce un ingeniero de una de ellas que pide anonimato. Tanto, que el gobierno tiene en su agenda modificar el decreto que las regulaba. Hay medidas tan demenciales, cuenta, «que una petrolera podía verter a los ríos mucho más de lo que tenía permitido inyectar, y para inyectar más en lugar de verter, era necesario pedir un permiso».

A la voracidad de las compañías, que obtienen beneficios astronómicos –los costos de producción, transporte y regalías en el Casanare son, según reporte de la canadiense Parex, de 36 dólares por barril-, pese a lo cual no compensan el daño ambiental que producen, hay que sumar una corrupción pavorosa que devora las regalías petroleras y condena al departamento al atraso.

«Hubiera sido mejor que dividieran los 8 billones de regalías recibidos en el periodo de 2006 a 2010 entre cada casanareño y al menos los hubieran aprovechado», dice Oscar Medina, un periodista local que lleva año destapando atracos al erario. Por tanto, ni siquiera los miles de millones que recibe el Casanare, a costa de destruir su privilegiada Naturaleza, se traduce en progreso.

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