BOGOTÁ. A solo cuatro días de que el país defina su futuro en las urnas, la campaña presidencial sufrió un sismo político que revuelve el estómago de los electores más puristas. Claudia López, la misma que hace apenas unos meses se paraba en los micrófonos a gritarle «corrupto» a Gustavo Petro y a sepultar la gestión del Pacto Histórico, reapareció este miércoles para anunciar con bombos y platillos que votará por Iván Cepeda en la segunda vuelta presidencial.
La foto de la unión, que para muchos analistas roza el descaro y la falta de coherencia, se justificó bajo el ya conocido argumento de «salvar la democracia» frente a la candidatura de Abelardo de la Espriella.
El discurso de hoy: El «salvavidas» al progresismo
En una rueda de prensa que generó de inmediato una ola de rechazo en redes sociales, la exalcaldesa de Bogotá intentó matizar su voltereta política asegurando que su respaldo no es un cheque en blanco, sino un «voto de confianza independiente».
López y Cepeda firmaron un supuesto acuerdo de tres puntos enfocado en la lucha contra la corrupción, la seguridad y una reforma a la salud mixta. «Este domingo votaremos por un gobierno progresista para evitar la certeza de una derecha hegemónica, violenta y autoritaria», afirmó López, tratando de justificar por qué terminó aliada con el sector que tanto criticó.
Por su parte, Cepeda recibió el apoyo con gratitud, asegurando que la llegada de la exalcaldesa representa un blindaje de transparencia para lo que sería su eventual gobierno.
El archivo no perdona: Lo que decía antes
El problema para Claudia López es que las redes sociales y las fonotecas tienen memoria. La indignación de la opinión pública no es por la alianza en sí, sino por el drástico e inexplicable cambio de bando.
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El ataque frontal: Hasta hace nada, López mantenía una narrativa implacable contra la Casa de Nariño. Acusó directamente a la administración de Petro de saquear los recursos públicos, de traicionar los principios del cambio y de liderar un gobierno ineficiente y corrupto.
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La ruptura ética: En sus intervenciones, la exalcaldesa repetía que el Pacto Histórico había adoptado las peores mañas de la política tradicional.
Hoy, con el agua al cuello por la presión del mapa electoral, esos mismos cuestionamientos morales parecen haber quedado en el olvido. La política colombiana demuestra, una vez más, que los principios se moldean según la necesidad del momento y que los peores enemigos de ayer pueden ser los mejores aliados de hoy si el cálculo de los votos así lo exige.






