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No estaba muerto: Arbey Silva Mendoza, el militar llanero que cambió los atardeceres de Casanare por una prisión en Rusia

Fue capturado por los rusos y se encuentra en una prisión desde donde contó su relato a RT en español

No estaba muerto: Arbey Silva Mendoza, el militar llanero que cambió los atardeceres de Casanare por una prisión en Rusia
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A Arbey Silva Mendoza lo lloraron antes de tiempo.

En Casanare, en Arauca, en esos caminos donde la gente se saluda con un “¿q’hubo parientico?” y donde el llano se abre inmenso bajo un cielo naranja, algunos llegaron a pensar que su historia había terminado lejos de Colombia, tirado en el campo de batalla de una guerra que no era suya. Pero no. Arbey no está muerto. Está vivo. Está preso en Rusia. Y desde allá, con la voz quebrada por el arrepentimiento, contó al canal ruso de Noticias RT en español, cómo una promesa de plata terminó convirtiéndose en una pesadilla.

Arbey nació el 28 de noviembre de 1989 en La Primavera, Vichada, tierra de sabana abierta, de ríos largos, de polvo en verano y barro en invierno. Creció entre amaneceres color candela y atardeceres anaranjados, de esos que solo conocen los llaneros: cielos inmensos, garzas al vuelo, olor a pasto mojado y silencio de sabana.

Después vivió varios años en Trinidad, Casanare. Allí quedó parte de su alma. Allí está el recuerdo de su mamita, esa figura que hoy se le aparece en la memoria cuando la soledad aprieta. Más tarde se trasladó a Arauca, otro territorio de frontera, de carácter recio, donde se aprende temprano que la vida no siempre da tregua.

Como muchos hombres del llano, Arbey buscó camino en la disciplina militar. Prestó servicio en el Ejército Nacional y luego sirvió como soldado voluntario. Fueron años de uniforme, de obediencia, de monte, de mando y resistencia. Tras cuatro años se retiró. La guerra ya la conocía, pero era otra guerra, en su país, con sus códigos, con su gente cerca.

Después pasó a prestar seguridad a varias personas. Se preparó, estudió temas de protección y llegó a ser supervisor de escoltas. No era un muchacho improvisado. Sabía de riesgo, sabía de órdenes, sabía de armas. Pero una cosa es haber sido soldado y otra muy distinta es terminar metido en una guerra extranjera donde las promesas se evaporan y los hombres quedan tirados como si no valieran nada.

La vida, sin embargo, se le fue apretando.

Las dificultades económicas empezaron a morderle los talones. Arbey trabajaba en empresas de seguridad en Yopal cuando vio la oferta que lo cambiaría todo. En redes sociales —TikTok, Facebook— aparecían mensajes, videos, contactos. Hablaban de Ucrania. Hablaban de trabajo. Hablaban de una paga que parecía imposible en Colombia: cerca de 19 o 20 millones de pesos mensuales.

Para un padre con dos hijos, para un hombre que quería ayudar a su madre, para alguien que soñaba con darle estabilidad a su familia, esa cifra no era solo plata. Era futuro. Era mercado lleno. Era estudio para los hijos. Era pagar unas deudas pendientes. Era respirar.

Y ahí fue donde empezó la trampa.

Porque Arbey no se fue pensando en morir. Se fue pensando en volver con dinero. Se fue con la ilusión de que esa decisión, aunque dura, podía abrirles una puerta a los suyos. Pensó en sus dos hijos. Pensó en su mamita allá en Trinidad. Pensó en su esposa. Pensó en la familia que lo esperaba.

Varios le dijeron que no se fuera.

—No vaya mi amor, quédese aquí. Tiene trabajo. No va a ganar lo que le prometen en Ucrania, pero se vive bien acá y sin problemas. — Le rogó varias veces su compañera de vida.

Pero la necesidad, cuando se mete al rancho, grita más duro que los consejos.

El 21 de enero de este año salió de Yopal rumbo a Bogotá. En la capital, según cuenta a RT, lo recibieron, le entregaron documentos para viajar y recibió alguna preparación. Todo parecía organizado. Todo parecía legal. Todo parecía una oportunidad.  Todo parecía como los cuentos de los Hermanos Grimm que el chino pobre termina con los bolsillos llenos de plata

Le dijeron que no iba a estar en peligro. Que podría pilotear drones. Que su función no sería meterse al frente como carne de cañón. Incluso, según la información que recibió, había versiones de que algunos irían a labores civiles, reconstrucción de viviendas u obras de apoyo.

Pero la guerra no estaba esperando obreros.

La guerra estaba esperando hombres que entregaran sus vidas lejos de sus casas humildes, y a los que sus familias quizás ni volverían a ver: ni muertos ni vivos.

Finalmente viajó hacia Ucrania el 4 de febrero y llegó el 6. Al comienzo, todo parecía confirmar la promesa: hotel, comida, traslado, papeles. Pero pronto empezó a sentir que algo no cuadraba. Les habían hablado de un entrenamiento de mínimo un mes para quienes ya tenían experiencia militar como él y hasta dos meses para quienes no la tenían. Pero la realidad fue muy distinta.

Apenas recibieron unos días de preparación. Medicina táctica. Instrucciones rápidas. Un instructor estadounidense al que llamaban el “Sargento Texas”. Y después, la presión: firmar contrato.

Arbey dice que el entrenamiento fue de apenas ocho días. Otros hombres, según cuenta, eran enviados incluso a los tres días. Lo que les vendieron como preparación seria terminó siendo, para él, una carrera hacia el frente , mientras le coqueteaba a la muerte.

Antes de firmar, sintió miedo. No el miedo cobarde, sino ese presentimiento hondo que avisa cuando el alma sabe que algo está mal. Habló con su esposa. La llamó buscando una última luz.

—Vida, véngase, no firme eso —le dijo ella.

Esa frase debió quedarse sonando como un eco en su pecho.

Arbey quería devolverse. Pero, según su testimonio, le dijeron que para regresar debía pagar una suma alta de dinero. Dinero que no tenía. Entonces se vio encerrado: sin plata para volver, lejos de Colombia y con un contrato por delante.

—Amor, si tuviera cómo pagar, me regreso —le respondió a ella.  Y firmó.

Con esa firma se le vino encima el peso de una guerra ajena.

Según su relato, les entregaron documentos con códigos que supuestamente los acreditaban como soldados extranjeros en Ucrania y no como mercenarios. También les habrían dicho que con eso podían abrir cuentas y recibir pagos. Pero la plata prometida no apareció como esperaban. Arbey cuenta que muchos se quedaron esperando el sueldo. Que si no salían a posición, no les pagaban lo prometido, sino apenas una suma mucho menor, alrededor de dos millones.

Mientras tanto, la realidad del frente les cayó encima sin misericordia.

Les quitaron los pasaportes, asegura. Los enviaban de dos en dos, de tres en tres. A Arbey lo mandaron a una “posición cero”, donde supuestamente había construcciones destruidas. Pero al llegar, dice, no encontró lo que le habían descrito. Luego, según su versión, no lo dejaban salir. Lo presionaban. Lo obligaban a ir al frente.

Allá no había promesas. Allá había drones. Minas. Frío. Hambre. Sed. Miedo.

Las condiciones, cuenta, eran inhumanas: sin agua suficiente, sin comida suficiente, sin poder bañarse, aguantando hambre, con presión psicológica y con el alma colgando de un hilo. En vez del trabajo controlado que le habían prometido, se encontró con la crudeza de las posiciones de combate.

Algunos compañeros intentaron volarse. Dos, según cuenta, no lograron cruzar la frontera. Los capturaron y los volvieron a mandar al frente.

Eso fue acabando a Arbey por dentro.

El llanero que había salido de Yopal pensando en sus hijos empezó a entender que la plata prometida tenía un precio demasiado alto. El hombre que soñaba con levantar a su familia comenzó a preguntarse si volvería a verlos. El hijo que alguna vez caminó bajo los cielos de Trinidad empezó a pensar en su mamita, en si ella sabría algo, en si estaría llorando, en si alguien le diría que todavía estaba vivo.

En medio de esa oscuridad, Arbey empezó a orar.

No había señal. No había internet. No podía llamar a la casa. No podía decir: “Estoy vivo”. No podía escuchar la voz de sus hijos. No podía pedirle perdón a su esposa. No podía decirle a su madre que la amaba.

Solo le quedaba Dios.

—Señor, me equivoqué. Tomé una mala decisión.

Esa oración, repetida en silencio, fue tal vez su único refugio. Porque alrededor suyo ya había muertos. Compañeros con los que había llegado, hombres que también creyeron en la misma promesa, quedaron tendidos en la guerra. Arbey contó que a unos diez metros vio cuerpos de soldados muertos. Esa imagen lo partió.

Ahí comprendió una verdad brutal.

No estaban allá como héroes.

No estaban allá como técnicos de drones.

No estaban allá reconstruyendo casas.

Según él, los habían mandado como carne de cañón.

La expresión duele, pero es la que él usó. Carne de cañón. Hombres pobres, necesitados, tentados por sueldos altos, enviados a una guerra que no entienden del todo y de la que después no pueden salir fácilmente.

Un día, acorralado por el miedo y por la certeza de que seguir era morir, tomó la decisión que le salvó la vida. Teniendo frente a un grupo de militares rusos alzó las manos. Se rindió.

Un dron, según contó, empezó a guiarlo. Él lo siguió paso a paso, como quien sigue una última esperanza en medio del monte. Caminó hacia la posición rusa. Allí lo capturaron.

Pensó quizás en lo peor. Pero fue lo contrario. Los rusos se compadecieron de él y le dieron buen trato. Le dieron agua. Le dieron comida. Pasó la noche en esa posición.

Y entonces, cuando supo que muchos de los hombres que había conocido habían muerto, el arrepentimiento se le volvió una piedra en el pecho.

Arbey Silva Mendoza, nacido en La Primavera, criado entre el Vichada, Casanare y Arauca, soldado, escolta, supervisor, padre, hijo, esposo, entendió demasiado tarde que ninguna promesa de millones compensa el riesgo de perderlo todo.

Hoy está preso en Rusia. Lejos de sus hijos. Lejos de su esposa. Lejos de su mamita en Trinidad. Lejos de los amaneceres del llano. Lejos de esos atardeceres naranja que alguna vez fueron paisaje cotidiano y que ahora deben dolerle como una nostalgia imposible. Lejos de la mamona y el topocho. Lejos del río Pauto. Lejos del río Arauca.

Su historia no es solo la historia de un hombre. Es también el reflejo de un fenómeno más grande y más doloroso: desde 2022, miles de colombianos han viajado o intentado vincularse al conflicto en Ucrania. Las cifras son confusas y varían según las fuentes: algunos reportes han hablado de varios miles de combatientes colombianos, mientras medios y autoridades han señalado muertos, desaparecidos y familias enteras buscando respuestas.

Lo cierto es que Colombia aparece una y otra vez en esa guerra ajena. Aparecen exmilitares, escoltas, vigilantes, hombres entrenados, hombres necesitados. Aparecen ofertas laborales en redes. Aparecen promesas de sueldos altos. Aparecen familias que se quedan esperando una llamada.

El presidente Gustavo Petro ha criticado de forma reiterada la participación de colombianos en conflictos extranjeros y ha usado palabras duras para describir lo que, según él, ocurre con muchos connacionales en Ucrania: hombres tratados como carne de cañón. Su Gobierno también ha avanzado en medidas contra el mercenarismo, un debate que hoy se vuelve urgente ante cada nuevo caso.

Pero mientras los gobiernos discuten, las familias lloran.

Y Arbey, desde una prisión rusa, carga con su arrepentimiento.

Tal vez en las noches piensa en sus hijos. En los abrazos que no ha podido dar. En la plata que fue a buscar y nunca llegó. En la llamada de su esposa diciéndole que no firmara. En su madre, allá en Trinidad, mirando quizá hacia la sabana, preguntándose en qué momento el muchacho que vio crecer terminó atrapado al otro lado del mundo.

Porque esa es la parte más cruel de esta historia: Arbey no salió de Colombia por ambición de guerra. Salió por necesidad. Salió por amor. Salió creyendo que podía ayudar a los suyos.

Y terminó prisionero.

No está muerto, como algunos creyeron.

Está vivo.

Pero vive una condena de miedo, distancia y culpa.

Su voz, desde Rusia, suena como advertencia para otros colombianos que hoy ven en redes sociales la misma oferta, el mismo espejismo, la misma promesa de millones:

No todo trabajo en el extranjero es oportunidad.

No toda promesa salva.

No toda guerra tiene regreso.

Y ninguna plata, por grande que parezca, vale más que volver a casa, abrazar a los hijos y ver caer, tranquilo, un atardecer naranja sobre los llanos.

Redacción Wilson Durán Durán – Con información de RT En Español y familiares de Arbey Silva

GLOSARIO

  • Posición: Lugar que ocupa una persona, ejército o grupo. En guerra, es el sitio desde donde se defiende o ataca.
  • Frente: Zona donde se enfrentan directamente dos ejércitos. Ejemplo: el frente este de Ucrania.
  • Guerra en Ucrania — ¿por qué?: Comenzó a gran escala el 24 de febrero de 2022, cuando Rusia invadió Ucrania. Rusia alegó motivos de seguridad y políticos; Ucrania y gran parte de la comunidad internacional lo consideran una invasión ilegal.
  • Pocisión cero:  una posición de partida o lugar base antes de avanzar, atacar o moverse.
  • Mercenario: Persona que combate en una guerra principalmente por dinero, no porque pertenezca oficialmente al ejército de un país.
  • ¿Qué tiene que ver Rusia?: Rusia es el país que lanzó la invasión militar contra Ucrania y mantiene tropas en territorio ucraniano.
  • RT en Español: Es un medio de comunicación en español financiado por el Estado ruso. Presenta noticias internacionales, pero suele ser señalado como un medio que difunde la visión del gobierno ruso.

Fuentes: ONU sobre Ucrania; CICR sobre mercenarios; RT en Español.

Redacción Chivas

Redacción Chivas

Periodista, Director de www.laschivasdelllano.com y www.laschivasdecolombia.com

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