Tras las huellas de un amor felino

Imagen de referencia elnuevodiario.com.ni

El comunicador social  Juan Carlos Niño Niño nos entrega este relato extractado de sus vivencias en Bogotá

Con su ladeado y cabizbajo andar de León, ella recorría de lado a lado mi oficina en el Edificio Nuevo del Congreso, escuchando sonriente y expectante cada “secreto” que le contaba del legislativo, parando en seco con la curiosidad y asombro de un felino, cuando le advertí que cada sesión era diferente, dinámica, impredecible, como la vida misma, lo que implicaba “cubrir” de principio a fin, cada minuto, cada instante, casi sin respirar, porque en un solo segundo de descuido se podía perder su esencia, su sentido, su espíritu, su escena más álgida y culminante.

Ella sacó apresuradamente de su bolso el desgastado cuaderno de campaña, que tenía un su portada una foto de la banda de rock irlandesa U2 (ella amaba a Bono), y sin mediar palabra empezó a anotar todo lo que le contaba del Congreso, mientras que iniciábamos un extenso recorrido por el Edificio Nuevo del Congreso y el Capitolio Nacional, que fluctuaba entre mis explicaciones de técnica legislativa y anotaciones sobre la arquitectura republicana y neoclásia de este patrimonio nacional, con comentarios y revelaciones sobre su vida privada, que posteriormente me enteraría que casi nunca lo hacía con nadie y que para eso se necesitaba algo más que ganarse su confianza.

A lo largo del recorrido, estuvimos en los recintos de diferentes Comisiones Constitucionales Permanentes, que recientemente habían sido remodeladas con espacios más modernos y funcionales, en donde le describí que estas Comisiones eran los cerebros del legislativo, en donde la ponencia para primer debate sentaba los derroteros de los proyectos de ley que pasaban a sanción presidencial, al tiempo que la veía fascinado con su hermoso y esculpido perfil alemán, cuando se sentaba en cualquier curul para seguir anotando con una suma concentración de niño de escuela en su cuaderno de campaña.

Al atravesar el nuevo túnel que conectaba el Edificio Nuevo del Congreso con el Capitolio Nacional, que se terminó de construir en el inicio del segundo mandato del Presidente Alvaro Uribe, ella guardó su cuaderno y me tomó suavemente del brazo, para contarme con cierto desasosiego que esperaba iniciar una nueva etapa de su vida en el Congreso, que le permitiera olvidar tantos y tantos momentos de dolor, circunstancias, vicisitudes, desilusiones que la habían lastimado tanto, incluido un pastuso que le partió el corazón en mil pedazos, cuando en los momentos de mucho estudio y “rumba pesada” en la Facultad de Derecho, él decidió repentinamente empacar maletas y decirle adiós.

Al adentrarnos por el Capitolio Nacional, su ladeado y cabizbajo andar de león se inquietó ante la imponencia y majestuosidad del Salón Eliptico (quedando “matada” con la sensación de movimiento, fuerza y libertad que le daban más de veinte cóndores del mural frontal “Victoria de tres cordilleras y dos océanos” del maestro Alejandro Obregón), en donde “cubriríamos” las sesiones del Plan Nacional de Desarrollo, el Presupuesto y la reforma tributaria, que propició una creciente ansiedad por ella y un desmedido afán de cubrir cada uno de sus espacios, expresándole mi total incondicionalidad y disposición para ayudarle a superar ese doloroso pasado, que no era más que el firme deseo de ganarme su amor, porque sin duda no tardé demasiado en enamorarme de ella, hasta tal punto que a lo largo de los años he caído en cuenta que es la única mujer que he amado en mi vida.

En la discusión de la primera capitalización de Ecopetrol, cuando estábamos “cubriendo” desde las barras del Salón Eliptico, no aguanté más y le pedí con ternura pero con insistencia que me dejara amarla, que estaba dispuesto a hacerla feliz, que no dejaba de pensar un solo segundo en ella; mientras que su rígido rostro alemán se enternecía, su abundante cabello rubio que estaba recogido y aplanado bruscamente hacia atrás, se fue liberando hasta convertirse en una extrovertida y desordenada melena de león; sus ojos agudos y encendidos se llenaron de alegría y emoción, y sus labios tensos y trémulos dieron paso a una sonrisa leve pero sostenida.

A pesar del impacto y exaltación que ocasionó en ella mi confesión, se apresuró a decir que no estaba preparada para una relación, que necesitaba curar cuanto antes muchas heridas, que realmente no la conocía tan bien como creía y que sinceramente no me quería hacer daño, a lo que le respondí con voz pausada y tranquila que estaba dispuesto a esperarla, que quería luchar sin descanso por su amor, que los metales preciosos se ponen a prueba con el fuego; mientras que dejaba en sus manos un diminuto “Leon Niño” de llavero, con una mirada extraviada y una melena igualmente exótica y desordenada, lo que propició en ella un espontáneo y estruendoso grito de emoción, que escuchó y enmudeció de inmediato a la Plenaria de la Cámara.

A escasos minutos, se levantó la Plenaria de la Cámara de Representantes, en un momento en que había perdido total interés por la sesión y tan solo quería caminar sin rumbo para asimilar y disipar lo que acaba de pasar, así que me apresuré para salir cuanto antes del Capitolio Nacional, sin importarme atravesar a altas horas de la noche la Plaza de Bolívar, que en esa época lucia abandonada y sin iluminación por el desinterés de un alcalde ineficiente y corrupto, quien conformó el desastroso triunvirato de mandatarios de izquierda en la Capital del País.

Al pasar por la estatua en bronce de Bolívar, sentí que desde la plataforma de este monumento me observaban unos ojos agudos y encendidos, a lo que aligeré el paso con mucho temor de ser ultimado por algún desconocido, que era tan frecuente a esa hora y en ese lugar, cuando de repente escuché una voz imponente y a la vez familiar:

– Se me quedó el “Leon Niño” en la Plenaria – me dijo – por casualidad usted lo encontró?

– Aquí lo tengo – le dije – . Y usted… qué hace aquí? Acaso no se iba para una cena? le pregunté entre sorprendido y expectante.

Ella descendió por las escalinatas del monumento con su cabizbajo y ladeado andar de León, mientras que con un leve sonrisa me tomó del brazo y me pidió que la acompañara hasta la Avenida Jiménez con Séptima a tomar el Transmilenio:

– No me sentí capaz de dejar abandonado al “Leon Niño” – me dijo mientras se lo colgaba en una de las manos – al fin y al cabo siento que desde ahora tengo una conexión con él.

Coletilla: Era el inicio de una lucha a muerte y sin cuartel con el fantasma del pastuso, el asesor del Congreso y un viejo ingeniero, quienes se convirtieron en unos duros y casi invencibles contendores en la búsqueda de su amor… No fue fácil… pero mis mejores aliados fueron el “Leon Niño” y el rockero “Leon Rod Stewart”, unos personajes imaginarios que que construí solamente para ella, y que sin duda fueron el soporte de aquel accidentado amor.

  • Juan Carlos Niño Niño,Especialista “Gobierno y gestión pública territoriales”, Pontificia Universidad Javeriana.

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